Sin objetividad hay maniqueísmo | El Comercio



La ausencia de objetividad en el momento de analizar la vida política, económica y social se ha convertido en una constante en el país y la región. En ese contexto, Francisco Proaño Arandi reflexiona, en esta conversación, sobre las consecuencias de entregarse a ideas apasionadas y subjetivas.

¿Cómo definiría usted la objetividad?
En todos los niveles de la vida política, social y cultural se debe tratar de expresar la verdad de la manera más aproximativa posible, más allá de prejuicios de tipo ideológico o social. Lastimosamente, los prejuicios están arraigados en la psiquis humana, producto de la tradición, de determinadas creencias o de la presión social, que vienen a ser una especie de sombras que distorsionan la verdad y hacen que las personas expresen juicios que en el fondo son refracciones de la realidad.

¿Hasta qué punto las subjetividades impiden que las personas vean la complejidad del mundo?
Creo que en la vida cotidiana la falta de objetividad promueve el maniqueísmo, a ver todo blanco o negro. En ese contexto, es importante el acceso al arte y a la literatura, porque son mundos que pueden ayudar a desarrollar categorías objetivas sobre la realidad. Me parece importante decir que en el abordaje del conocimiento de la realidad tenemos que buscar un equilibrio entre lo racional y lo intuitivo.

¿Hasta qué punto las ideologías nos impiden ser objetivos?
Las ideologías son como una especie de categoría psicológica que está muy estructurada en la psiquis humana y que nos hace ver la realidad como quisiéramos que sea, pero no como realmente es. Por ejemplo, una persona que está adherida a un partido político muchas veces, por disciplina al partido, se cierra y ve la realidad de la manera en que ese grupo humano lo quiere ver, de acuerdo con sus intereses.

Por estos días se ha hablado mucho sobre la dolarización y parece que la falta de objetividad ha llevado a señalar culpables más que ver el problema de manera global. ¿Cuál es su criterio?
Procesos económicos y sociales como el de la dolarización son producto de una serie de situaciones que se generan a lo largo de un determinado periodo. En el caso del país, a lo largo de varios gobiernos la economía se fue deteriorando y se tomaron medidas arbitrarias. Hubo personajes que firmaron decretos que aceleraron el proceso de degradación económica. Uno de los caminos para solventar los problemas que teníamos fue la dolarización, que a la final ha dado, dentro de esta precariedad de condiciones, una estabilidad tanto a la macroeconomía como a la microeconomía. Me parece simplista atribuir un acontecimiento como este a un solo individuo.

¿La ecuatoriana es una sociedad simplista?
Pienso que en general todas las sociedades adolecen de una especie de simplismo a la hora de interpretar la realidad, porque se dejan llevar por prejuicios, tradiciones distorsionadas y dogmatismos. Por ejemplo, la sociedad estadou­nidense hace cuatro años se dejó llevar por la retórica racista y nacionalista de Donald Trump. Conozco un poco el Estados Unidos profundo, y sé que todavía hay sectores de la sociedad que son creacionistas. Personas que creen que el mundo fue creado en seis días, como dice la Biblia. En el país ese simplismo se ve en las actitudes racistas, xenófobas o en el hecho de creer en personajes mesiánicos, que aparecen de pronto y son capaces de ofrecernos el oro y el moro.

¿Cuál es la importancia de la objetividad en los debates públicos?
La objetividad en los debates públicos es fundamental. Si el debate público se deja llevar por odios, por intereses oscuros o por apetencias de poder, entonces no se está debatiendo con objetividad. Los políticos tienen que enfocar los problemas de una manera lo más objetiva posible y eso se logra analizando las diferentes aristas de un hecho.

¿Cuál es el costo social de no ser objetivos?
El principal costo social de no ser objetivos es la imposibilidad de que se adopten políticas de interés para los grandes sectores de la población y eso se traduce en una degradación de la política e incluso del léxico político. Los costos sociales, sobre todo en términos cualitativos, son de un impacto negativo para el curso del país.

¿Cree que una consecuencia de esta falta de objetividad es la aparición de los radicalismos?
Indudablemente. Los radicalismos de derecha o de izquierda son producto de ese mirar la realidad solo desde una óptica. Desde la extrema derecha se piensa solo en el bienestar de grupos jerárquicos determinados y en una especie de desconfianza de los sectores subalternos. Desde la extrema izquierda igualmente se ve la posibilidad de cambiar la sociedad por métodos violentos. La falta de objetividad produce los fanatismos, dogmatismo y la radicalización de ciertos grupos sociales.

Usted vivió muchos años fuera del país, ¿en qué medida la distancia ayuda a que se vean las cosas con más objetividad?
Creo que la distancia permite una mayor objetividad en el análisis del país al que uno pertenece por dos razones: al estar lejos uno no está inmerso en las confrontaciones internas y, por otro lado, conocer otras realidades ayuda porque puedes comparar. Eso, sin duda alguna, ayuda a mirar las cosas de una manera más racional y objetiva la realidad local. Viví mucho tiempo en países socialistas. Al inicio me enfocaba en los defectos de ese sistema, en los desequilibrios que existen pero después comencé a ver las cosas positivas. Esa comparación me ayudó a entender mejor la realidad.

¿La objetividad es una idea a la que solo se puede aspirar o es algo que efec­tivamente puede ser alcanzado?
Pienso que la objetividad debería ser buscada, sobre todo por quienes tienen a cargo la conducción de la sociedad: los líderes de opinión, los políticos, pero también los maestros, quienes tienen la obligación de no infiltrar radicalismos, fanatismos y subjetividades distorsionadoras en la mente de los jóvenes. Una de las líneas fundamentales de la enseñanza junto a la ética debería ser la búsqueda de objetividad, eso ayudaría a que los jóvenes se conviertan en ciudadanos más críticos.

Usted también se ha ­dedicado a escribir, ¿hay objetividad en el mundo de la ficción?
En el mundo de la ficción, concretamente en el mundo de la literatura narrativa, hay dos factores que entran en juego: la realidad en la que se encuentra el escritor, esa realidad está matizada por su ideología y sus situaciones personales que le pueden dar una cierta mirada sobre la realidad; la otra es su imaginación, cuando esta se confronta con la realidad se produce una tercera vía, una que se conjuga lo real con lo subjetivo, lo racional y lo intuitivo, lo consciente y lo inconsciente. De esa manera, la obra puede ser una refracción aleccionadora de la realidad. Un ejemplo es la obra de Pablo Palacio, que está atravesada por su mundo personal pero también por lo que pasaba en su entorno social.

¿Qué se necesita para ser objetivo, se le ocurre alguna fórmula?
Es muy difícil. Hay que librarse de los prejuicios, por ejemplo, en nuestra sociedad el machismo impregna la personalidad de la mayoría de hombres; también está el racismo, algo que se vio en las manifestaciones de octubre y donde afloraron prejuicios que existen desde la Colonia. Si la sociedad ecuatoriana fuera más objetiva, la construcción de nuestra vida social sería más racional. Se podrían generar auténticos debatesn dejando de lado los intereses personales. Es algo difícil de hacer pero necesario, sobre todo en el campo de la educación y en la vida cotidiana.

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